Ramón Luque, director de cine

Ramón en su casa

Esta es la primera foto que publico que podría denominarse de persona con ambiente. La hago en la propia casa de Ramón, un día que acudo para echarle una mano en no sé qué lío informático que tiene. Ramón me pide que le designe ‘director de cine’ en el título de esta entrada. También podría haber puesto ‘periodista’, ‘profesor de universidad’ o ‘escritor’, actividades todas que ejerce o ha ejercido en algún momento. Pasa un poco como con otras personas en este mismo blog, como ya habréis ido leyendo. Viene al caso comentar lo de la petición porque al hablar de Ramón podría haber escrito decenas de cosas, anécdotas, vivencias y situaciones por las que hemos pasado juntos, como amigos y como profesionales, puesto que con él codirigí dos películas, la primera de ellas El proyecto Manhattan, cuyo fotocol (no sé cómo se escribe esta palabreja, así que la pongo en castellano castizo) aparece de fondo en la foto, y más tarde, Hollywood; y le conozco desde que llegué a Salamanca, un poco exiliado del sur y necesitado de un buen amigo, como terminó siendo. Escribo, por lo tanto, sobre lo último de lo que hemos hablado hace unas horas, es decir, sobre cómo conseguir crear en un momento en el que la creación está tan devaluada, tan complicada de poner en marcha por culpa de todos los obstáculos que de por sí tiene lo del arte, alimentados por la situación de crisis. Esto lleva a otro de los temas favoritos en nuestras conversaciones: el de la identidad. Vivimos en un momento en el que la definición de lo que los creadores somos dentro de la sociedad tiene una brutal componente de márquetin, es decir, que no hace falta hacer películas, pintar o escribir si queremos ser definidos como cineastas, pintores, músicos o escritores. Basta con crear una operación mercadotécnica que lo diga y que convenza a un número suficiente de personas de que uno es lo que los anuncios que uno mismo hace dicen que es uno. En contrapartirda, los auténticos creadores, lo que crean obras, tienen que soportar cómo estos advenedizos toman su lugar y les obligan a participar en ese mismo juego de la mercadotecnia para que el público se convenza de que esos creadores que crean son, de verdad, porque lo dice un eslogan, creadores; en fin, una locura. Así se alimentan fenómenos como, por ejemplo, el último con el toca bregar estos meses, el de Kiko Rivera, que ahora es músico y/o disc jockey, según rezan los carteles que le anuncian. Ramón no lo tiene tan fácil para crear cada una de sus películas (o libros, o lo que toque) pero tiene un tesón de hierro para terminar y publicar cada una de ellas, y aunque después de terminarlas suele pensar que no merece la pena tanto trabajo para tan poca recompensa, no pasa mucho tiempo antes de que empiece a meterse en la siguiente. La verdad es que tal vez la última obra en la que anda metido junto con su pareja sea la más complicada: probablemente le lleve bastantes años antes de que empiece a tener una forma definida y reconocible socialmente. Estoy seguro de que le dará muchas más satisfacciones que tener que medirse con Kiko Rivera.

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